Casi lesionan a Marileidy Paulino
Caracas._ La grandeza deportiva no solo se mide por las medallas colgadas al cuello ni por los récords batidos en la pista; se mide también por la madurez de la sociedad que pretende albergarla.
Lo ocurrido durante la celebración de los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026 sobrepasa el simple incidente aislado para convertirse en una bochornosa radiografía de incultura, falta de educación y falta de civismo que deja al país en una posición insostenible ante los ojos del deporte mundial.
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Resulta inaceptable y profundamente indignante que una figura de la talla internacional de Marileidy Paulino —campeona olímpica, figura consagrada de la Liga de Diamante y máxima referencia del atletismo continental— tenga que arriesgar su integridad física en su propia tierra.

Ver lanzar botellas de plástico a la pista en plena competencia no es solo una falta de respeto al esfuerzo de una atleta que ha corrido sin contratiempos en los escenarios más exigentes y sofisticados del planeta; es un acto de sabotaje directo contra una deportista de élite que no tiene ninguna necesidad de exponerse a la irresponsabilidad de un público salvaje e indisciplinado.
Si Paulino tomara hoy la decisión de no volver a competir en suelo dominicano, nadie podría culparla: los grandes escenarios exigen grandes públicos, no recintos dominados por la masa descontrolada.
La Arena Banreservas fue víctima de la falta de cultura
Pero el deplorable espectáculo no se limitó al Estadio Olímpico. La Arena Banreservas, un recinto deportivo acondicionado con estándares de nivel NBA para brindar una experiencia de categoría mundial, sufrió el mismo patrón de decadencia cívica.
La decisión de otorgar acceso gratuito en varios partidos terminó abriendo las puertas no al fanático comprometido con el espectáculo, sino a una horda sin educación ni sentido de pertenencia que destrozó instalaciones de primer nivel. Confundir la gratuidad con la anarquía es la marca registrada de quien lleva el desorden por bandera.
Es momento de dejarse de paños calientes. Las autoridades organizadoras y los organismos de seguridad no pueden limitarse a emitir comunicados tibios tras los hechos.
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Si la República Dominicana aspira a consolidarse como sede de eventos internacionales de gran envergadura, debe aplicar sanciones ejemplares, vetar el acceso de por vida a los vándalos identificados y entender de una vez por todas que la infraestructura de vanguardia no sirve de nada cuando la cultura ciudadana se queda en el atraso.
El deporte de alto rendimiento exige respeto, y la afición dominicana ha quedado en deuda moral con sus propios héroes.

