Entre el drenaje malo y la suciedad de la gente / Foto: NTI Radio
Santo Domingo, RD._ Lo que vivimos hoy en República Dominicana con esta vaguada no es una «emergencia climática» impredecible; es la crónica de un colapso anunciado, firmado por la negligencia estatal y sellado por la incultura ciudadana.
Es una burla geográfica que una media isla, rodeada de la inmensidad del Caribe, colapse y se convierta en una trampa mortal cada vez que el cielo decide llorar.
Lluvias torrenciales causan estragos en Santo Domingo
El Diseño del Estancamiento
Es indignante observar cómo se inauguran avenidas con bombos y platillos mientras se replican, con una terquedad criminal, los mismos errores de ingeniería de hace cincuenta años.
Nuestras vías no tienen sistemas de evacuación; tienen «piscinas lineales». Las cunetas, lejos de canalizar el agua, parecen diseñadas para empozarla, convirtiendo el asfalto en un cementerio de vehículos y esperanzas.
¿Cómo es posible que, en pleno 2026, sigamos construyendo bajo el mismo patrón arcaico? La modernización en este país parece ser solo superficial: fachadas bonitas y luces LED, pero con tripas de barro y concreto obsoleto.
No hay una visión de drenaje pluvial real en la República Dominicana, solo parches sobre parches que se barren con la primera escorrentía.
Estamos pavimentando el país sin entender que, al sellar la tierra, le quitamos su capacidad de respirar, y el agua, que no perdona, reclama su espacio.

La Cloaca Social: El Ciudadano como Verdugo
Pero la crítica no puede quedarse solo en los palacios gubernamentales. Sería hipócrita no señalar la asqueante costumbre de una parte de la población que ha confundido la vía pública con un vertedero.
Cada imbornal tapado, cada alcantarilla que vomita aguas negras, es el monumento a la falta de educación. Es esa botella plástica, ese empaque de poliestireno lanzado desde la ventana de un vehículo o desde la acera de un barrio, el que termina convirtiéndose en el tapón que inunda la casa del vecino o la propia.
Somos una sociedad que exige «primer mundo» mientras se comporta como una horda incivilizada que asfixia sus propias vías de escape.
La basura no desaparece por arte de magia cuando llueve; se convierte en el ancla que nos hunde.
Un Estado que No Mira Hacia Abajo
La inversión en drenaje no genera votos porque «no se ve», y ahí radica el pecado capital de nuestra clase política.
Prefieren puentes innecesarios y elevados de pintura que una red de alcantarillado moderna que garantice que una capital no se paralice por tres horas de lluvia.
Es una vergüenza técnica que sigamos enviando «brigadas de limpieza» como solución reactiva en lugar de ejecutar una reingeniería profunda y agresiva del diseño urbano.
Basta de excusas. No es la vaguada, no es el cambio climático, no es la «fuerza de la naturaleza». Es nuestra mediocridad compartida.
Mientras el gobierno no aplique un diseño de ingeniería del siglo XXI y no se implementen regímenes de consecuencias drásticos para quienes ensucian las calles, seguiremos siendo esto: una isla paradisíaca que se ahoga en su propia inmundicia y en su falta de visión.