Santo Domingo, RD._ La obsesión dominicana por edificar un nuevo y colosal estadio de béisbol en la capital ignora la cruda realidad de las butacas vacías.
El emblemático Quisqueya Juan Marichal acumula siete décadas de historia y múltiples remodelaciones, pero el fanático actual prefiere quedarse en su casa.
Mientras los estadios del interior. como el Cibao, logran llenos totales sin grandes lujos, la capital ofrece demasiadas opciones de distracción competitivas.
Además, las mafias de la reventa ilegal de boletos alejan al público decente y destruyen la confianza del consumidor en las taquillas físicas.
Por el contrario, las plataformas digitales de venta fallan constantemente y dejan el negocio en manos de los especuladores de la calle.
Incluso el moderno palco de prensa, diseñado con estándares de Grandes Ligas, recibe quejas constantes de los cronistas deportivos más exigentes.
Construir una gigantesca estructura de veinte mil asientos representa un error financiero grave cuando la asistencia real apenas rosaría los 7 mil.

La República Dominicana necesita un parque moderno pero ajustado a su verdadera y golpeada capacidad de convocatoria actual.
Un aforo controlado de 10 mil personas garantizaría un ambiente íntimo, seguro y económicamente viable para los equipos locales.
Esta nueva edificación debe priorizar un sistema estricto de boletería física centralizada para erradicar definitivamente el flagelo de la reventa ilegal.
De igual forma, la Liga Dominicana de Béisbol Profesional tiene la obligación de transparentar las cifras oficiales de asistencia a los partidos.
El verdadero desarrollo del béisbol invernal dominicano nacerá de la organización y la honestidad, no de caprichos arquitectónicos basados en la vanidad.

