Santo Domingo, RD _ La última edición del Miss Universo dejó de ser un espectáculo de belleza para convertirse en una exhibición de dudas, favoritismos y decisiones que huelen más a conveniencia que a mérito.
La coronación de la representante de México no solo sorprendió: indignó. Y no porque México no merezca una reina, sino porque, a todas luces, no era la mejor candidata de la noche.
Quienes siguieron el certamen completo saben que hubo mujeres que superaron ampliamente a la ganadora en presencia escénica, coherencia discursiva y desenvolvimiento.
La venezolana y la hondureña, por ejemplo, llegaron como favoritas naturales: sólidas, completas y con un respaldo masivo.
La misma audiencia lo dejó claro en cada plataforma. Pero no importó. El veredicto final contradijo la evaluación pública y, según las denuncias que surgieron, también habría contradicho evaluaciones internas.
La renuncia de jueces antes de la gala final no fue casualidad.
Tampoco los señalamientos de falta de transparencia, los rumores de “preselecciones” ocultas ni el silencio incómodo de la organización ante acusaciones cada vez más específicas.
El certamen pareció más una negociación empresarial que una competencia real. Y eso, lamentablemente, reduce la corona a un trofeo intercambiado en una mesa que nadie ve.
El Miss Universo venía arrastrando críticas, pero esta edición rompió la confianza.
La percepción global es clara: algo estuvo mal. Y mientras la organización intenta barrer el polvo debajo de la alfombra, la reputación de un certamen histórico se desploma.
No es cuestión de nacionalismo ni de preferencias personales. Es cuestión de justicia, de transparencia y de respeto por el trabajo de decenas de mujeres que dedican años a prepararse.
Cuando gana quien no tuvo la mejor noche, cuando los favoritismos superan el mérito, el espectáculo pierde su esencia.
Y esta vez, lamentablemente, la corona brilló… pero no por lo que debería.
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