Santo Domingo, RD._ Ser padre o madre hoy exige algo más que amor, cuidado y buenas intenciones.
Exige una vigilancia permanente y una verdad incómoda: no se puede confiar en nadie cuando se trata de proteger a una hija.
Ni en extraños, ni en conocidos, ni en familiares, ni en parejas.
La realidad es dura, pero negarla no la hace menos peligrosa.
La mayoría de los abusos contra niñas no ocurren en la calle, ni a manos de un desconocido encapuchado.
Ocurren en espacios “seguros”, dentro de casas, entre personas que gozan de confianza, cercanía o autoridad.
Por eso, el primer error que cometen muchos padres es bajar la guardia. Confiar “porque lo conozco”, “porque es familia”, “porque es mi pareja”, “porque me ayuda”.
Esa confianza ciega ha sido, históricamente, la puerta de entrada para innumerables tragedias.
El mensaje debe ser claro y sin adornos: no se deja a una niña sola con nadie. No importa el vínculo, no importa la apariencia, no importa el tiempo de relación.
La prevención no es paranoia, es responsabilidad.
En el caso de las madres solteras, la advertencia debe ser aún más contundente.
Las parejas sentimentales no pueden convertirse automáticamente en figuras de confianza para una hija.
El afecto hacia la madre no garantiza respeto ni protección hacia la niña. Confiar sin límites es un riesgo que no se puede permitir.
Educar también es proteger. Las niñas deben saber, desde temprana edad, que su cuerpo les pertenece, que nadie puede tocarlo, que ningún secreto que incomode debe guardarse y que siempre serán escuchadas y creídas.
El miedo al qué dirán no puede pesar más que la seguridad de una hija.
Este editorial no busca sembrar pánico, sino romper una ingenuidad peligrosa.
Vivimos en una sociedad donde existen hombres que abusan, manipulan y destruyen infancias.
Pensar que “eso no pasa aquí” es una ilusión que cuesta caro.
Proteger a una niña implica incomodar, decir no, poner límites, desconfiar, observar y actuar. Implica estar alerta incluso cuando eso genera conflictos o rupturas.
La infancia no se repara. Y la confianza mal puesta puede marcar una vida entera.
No confíen en nadie. Cuando se trata de una hija, esa desconfianza puede ser la diferencia entre una niñez protegida y una herida que nunca cierra.
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