Santo Domingo, RD._ En las últimas semanas, el régimen venezolano ha sorprendido a propios y extraños al acceder, con inusual rapidez, a diversas exigencias formuladas por Estados Unidos.
Liberaciones selectivas, gestos de cooperación y mensajes conciliadores contrastan con años de confrontación retórica y desafío abierto.
Este giro ha generado una pregunta inevitable en la opinión pública y en círculos políticos internacionales: ¿por qué ahora?
Desde una perspectiva analítica, estas concesiones no pueden interpretarse como un acto de buena fe ni como una transformación democrática genuina.
Más bien, responden a una lógica clásica de regímenes autoritarios bajo presión: ceder en lo táctico para preservar lo esencial, que en este caso es la permanencia en el poder y la protección del círculo gobernante.
Estados Unidos mantiene una posición de fuerza evidente.
El peso de las sanciones financieras, el control sobre el sistema bancario internacional, la capacidad judicial extraterritorial y la influencia sobre el mercado energético colocan al régimen venezolano en una situación de vulnerabilidad estructural.
Ante este escenario, la obediencia parcial se convierte en un mecanismo de contención de daños.
Otro factor clave es el tiempo. El chavismo ha demostrado históricamente una gran habilidad para dilatar procesos, fragmentar presiones internacionales y esperar cambios en el contexto geopolítico que le resulten favorables.
Acceder a demandas puntuales permite ganar oxígeno político, reducir tensiones inmediatas y proyectar una imagen de “disposición al diálogo” ante otros actores internacionales, especialmente europeos.
Asimismo, estas concesiones buscan evitar escenarios irreversibles.
El régimen parece actuar con el objetivo de impedir que la presión escale hacia acciones más severas que comprometan definitivamente a sus principales figuras.
En ese sentido, ceder no es sinónimo de rendición, sino de cálculo.
Sin embargo, esta estrategia también revela debilidad.
Los gobiernos que se sienten seguros imponen condiciones; los que se sienten amenazados aceptan imposiciones.
La disposición del régimen venezolano a cumplir exigencias externas sugiere temor a perder el control más que confianza en su fortaleza interna.
En conclusión, lo que se observa no es un pacto de salvación ni una apertura real, sino una maniobra defensiva.
El régimen busca sobrevivir, ganar tiempo y reducir presión, mientras intenta mantener intacta la estructura de poder que lo sostiene.
El desenlace dependerá de si la presión internacional se mantiene constante o si, una vez más, el tiempo juega a favor del poder establecido.
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